Qué importante es tener espacios de silencio para pensar, ver cómo somos, qué ilusiones nos rondan… Intentar conocerse, y aceptar la realidad de lo que uno es. Porque cada uno somos una persona ¡única!, ¡singular!, llamada a algo grande.
Y es más, somos seres relacionales, diseñados para los demás, y necesitamos de los otros. Tener amigos, poder compartir y dialogar es importante, y base de una buena personalidad.
Por tanto, pensar por cuenta propia, poner palabras a esos pensamientos, hablarlo con alguien de confianza que nos pueda comprender, hacerse buenas preguntas que inviten a reflexionar… Señalaba Pascal que para una vida plena lo primero es pensar. Sin embargo, sabía que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Hay que contar con todas las facultades personales, es decir, la inteligencia reflexiva, la voluntad para poder actuar como pretendemos, la imaginación y el corazón, que aportan fuerza y vitalidad en la dirección que queremos avanzar, con un «norte» que guíe.
Anclarse en la realidad de lo que somos: seres singulares, irrepetibles, con unas cualidades propias y especiales. Partir de ello, desarrollarlo, y de ese modo crecer como personas. Construir una personalidad con belleza interior, que no la erosiona el tiempo: al contrario. Por tanto es necesario conocerse y aceptarse, en “mis circunstancias”.
Y ser conscientes de que hemos recibido mucho: para empezar, la vida, hemos sido amados… Da más fuerza sentirse amado que saberse fuerte, pues la certeza del amor nos hace invulnerables. Y siempre agradecerlo.
Así, partiendo de cómo somos, de las habilidades de cada uno y los puntos fuertes, apuntar a metas valiosas que atraigan y entusiasmen, ver qué anhelos habitan en el corazón… Algo que llegue muy dentro de uno y apasione. Por ahí se encuentra la vocación.
Por eso es tan relevante fomentar las cualidades y talentos peculiares, cultivar habilidades, quizá algo ocultas, vivir unos valores humanos nobles que consoliden en hábitos y virtudes,que dan mayor libertad, y nos hacen mejores personas.Una auténtica conquista personal que posibilita descubrir la propia vocación, y realizar ese proyecto concreto que tenemos que ir desplegando en la vida. Tanto en lo personal, familiar, como en el trabajo.
Centrándonos en lo profesional, uno debe reflexionar cómo es, qué características posee, qué hace bien, qué le ilusiona, visualizar preferencias y sueños… para enfocarse en algo que aporte a otras personas.
Como escribiera T. S. Eliot: «en mi principio está mi fin». Plenitud en potencia condensada desde el momento en que hemos sido concebidos. Ahí está el «tesoro escondido»… Ser uno mismo, no lo que otros piensan o creen que debo ser… Valorar la propia singularidad, y la libertad personal que posibilita «llegar a ser» lo que cada uno esta «llamado a ser». Sin libertad no se puede “ser” persona, y no se puede amar…
En este marco, tener en cuenta la dimensión dialógica del ser humano. Las relaciones interpersonales son vitales, y fuente de realización. Cada persona es «un ser de aportaciones», y se encuentra mejor cuando puede relacionarse y ayudar a los demás. Querer el bien del otro es la esencia de esas relaciones: de amistad, de trabajo, de amor… Y con ellas el cerebro despliega su potencial: secreta sustancias neuroplásticas que le permiten un mejor funcionamiento neuronal.
Por lo tanto, aterrizando en la vocación, es un camino concreto y singular para cada uno que da sentido y relieve a la vida, partiendo de los propios talentos. Se trata de desarrollarlo. Todo ello va conformando un estilo de vida único, que se trasluce en un proyecto de vida y de trabajo ilusionante. Reconocerse cada cual como lo que es, como quien es: una persona única, particular, especial. Un ser en busca de belleza. Por tanto, pararse a pensar «qué hacer con el tiempo que se nos ha dado»… buscando la excelencia en lo que se elija.
Se trata de forjar una buena personalidad, y centrarse en lo que a cada uno le «llama» desde lo más hondo de su ser. Poner entusiasmo, motivación y corazón en aquello que piensa y decide hacer, y luchar por ello. Con apertura a los demás, diálogo, y buenas relaciones personales, que engrandecen la vida.
Concretando, saberse querido ayuda a desarrollar todas esas posibilidades, y descubrir la vocación específica, agradeciendo todo lo recibido. Ahí cada uno encuentra más sentido y propósito, dando coherencia y solidez a su vida. Y ese legado para otros… pues trabajar es construir bienes para los demás: «el incógnito del amor», que dice Nicolás Grimaldi.
Y, para una vida plena, con “poso”, además de las capacidades y cualidades de cada uno, que se plasman en su vocación, todos necesitamos reflexionar, armonizar cabeza y corazón, y pensar en los demás. Lo cual nos hace más felices.
Mª JOSÉ CALVO

